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¿La obsolescencia programada es real? La verdad detrás de los celulares y electrodomésticos que duran cada vez menos

🕒 Lectura estimada: 10 min


Compras un celular de última generación y, después de unos años, la batería apenas llega al mediodía. Tu impresora deja de funcionar cuando todavía tiene tinta o el televisor comienza a presentar fallas justo cuando termina la garantía.

Entonces aparece una pregunta que muchos nos hemos hecho: ¿será que los fabricantes diseñan sus productos para que se dañen y tengamos que comprar otros?

La respuesta es que la obsolescencia programada existe, pero no todos los aparatos que dejan de funcionar son víctimas de ella. El desgaste natural, los avances tecnológicos y las decisiones comerciales pueden explicar por qué un dispositivo termina en la basura antes de lo que esperábamos.

Lo interesante es que existen casos documentados de empresas que han limitado la vida útil o las posibilidades de reparación de sus productos. Incluso los gobiernos han comenzado a intervenir para evitar que los consumidores tengan que reemplazar aparatos que todavía podrían seguir funcionando.

¿Qué es exactamente la obsolescencia programada?

La obsolescencia programada es una estrategia mediante la cual se limita deliberadamente la vida útil de un producto para que deba reemplazarse antes de lo que sería técnicamente posible.

No necesariamente significa que un fabricante instale un temporizador secreto que provoque una avería después de tres años.

Puede presentarse mediante decisiones de diseño, restricciones de reparación, falta de repuestos o la interrupción del soporte informático.

Imagina una impresora que funciona perfectamente, pero cuyo fabricante deja de producir los cartuchos compatibles. O un celular al que no puedes cambiarle la batería sin desmontar prácticamente todo el dispositivo.

En ambos casos, el producto puede terminar siendo reemplazado aunque todavía conserve buena parte de sus capacidades.

Eso sí, para hablar de obsolescencia programada en sentido estricto es necesario demostrar que existe una limitación deliberada. Que algo se dañe pronto no prueba por sí solo que su fabricante lo haya planeado.

El caso de Apple: cuando una actualización hizo más lentos los iPhone

Uno de los ejemplos más conocidos de esta controversia ocurrió con Apple.

En 2017 se descubrió que determinadas actualizaciones de iOS reducían el rendimiento de algunos iPhone cuyas baterías habían envejecido.

Apple explicó que la medida buscaba evitar apagados inesperados cuando las baterías ya no podían proporcionar suficiente energía durante momentos de alta exigencia.

El problema fue que muchos usuarios desconocían que sus teléfonos estaban funcionando más lentamente debido a ese mecanismo.

En noviembre de 2020, Apple alcanzó un acuerdo de 113 millones de dólares con 34 estados y varios distritos de Estados Unidos para resolver acusaciones relacionadas con la información que proporcionaba sobre las baterías y la reducción del rendimiento.

El acuerdo también obligó a la compañía a mejorar la información disponible para los consumidores sobre el estado de las baterías y los efectos de determinadas actualizaciones.

Este caso demuestra que una decisión de software puede reducir el rendimiento de un dispositivo. Sin embargo, el acuerdo no establece que Apple hubiera diseñado deliberadamente las baterías para que fallaran o que su objetivo fuera obligar a comprar un teléfono nuevo.

La diferencia es importante: hubo una reducción de rendimiento documentada y cuestionamientos sobre su transparencia, pero eso no demuestra automáticamente todas las acusaciones de obsolescencia programada.

¿Por qué los celulares dejan de funcionar aunque todavía estén en buen estado?

La obsolescencia también puede ser digital.

Un teléfono puede conservar una pantalla en excelentes condiciones, una cámara funcional y un procesador suficientemente potente, pero dejar de recibir actualizaciones del sistema operativo.

Con el tiempo, algunas aplicaciones comienzan a exigir versiones más recientes de Android o iOS. Otras dejan de funcionar correctamente porque necesitan características que el sistema antiguo no ofrece.

También aparece un problema de seguridad: sin actualizaciones, las vulnerabilidades descubiertas posteriormente pueden permanecer sin corregir.

Esto no significa que todos los fabricantes interrumpan el soporte para obligarnos a comprar otro teléfono. Mantener versiones antiguas requiere recursos de desarrollo y existen limitaciones técnicas reales.

Sin embargo, cuando un dispositivo todavía dispone de hardware funcional, la falta de soporte puede convertirse en una de las principales razones para reemplazarlo.

Por eso, al comprar un celular ya no basta con mirar la cámara, la memoria o el procesador. También conviene conocer durante cuántos años recibirá actualizaciones.

Las impresoras y el misterio de los cartuchos que dejan de funcionar

Las impresoras son otro ejemplo habitual en las conversaciones sobre obsolescencia programada.

Algunos usuarios descubren que sus equipos rechazan cartuchos compatibles, muestran advertencias relacionadas con consumibles o requieren reparaciones que cuestan casi tanto como una impresora nueva.

No todas estas situaciones tienen la misma explicación. Los fabricantes pueden incorporar mecanismos para controlar la calidad de impresión, proteger componentes o detectar problemas técnicos.

Sin embargo, también existen restricciones comerciales que dificultan utilizar consumibles alternativos o reparar determinados equipos.

La Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC) identificó en un informe de 2021 diferentes prácticas que limitan las reparaciones, como el uso de adhesivos que dificultan desmontar productos, la falta de repuestos y las restricciones de acceso al software de diagnóstico.

Estas prácticas no demuestran que todas las impresoras estén programadas para dañarse, pero sí evidencian que algunas decisiones de diseño pueden reducir las opciones de reparación de los consumidores.

La bombilla que encendió el debate sobre la obsolescencia programada

La historia de este concepto se remonta mucho antes de los teléfonos inteligentes.

Uno de los episodios más citados ocurrió en 1924, cuando varios fabricantes de bombillas crearon el cartel Phoebus, un acuerdo empresarial que estableció, entre otras medidas, una duración objetivo de aproximadamente 1.000 horas para las bombillas incandescentes.

Este caso se convirtió en un ejemplo histórico de cómo los acuerdos comerciales podían influir en la duración de los productos.

Sin embargo, también es necesario recordar que la vida útil de una bombilla depende de decisiones técnicas relacionadas con su eficiencia, luminosidad y materiales.

El caso Phoebus no demuestra que todos los productos modernos estén diseñados para fallar, pero sí ayuda a entender por qué existe desde hace décadas una discusión sobre la relación entre duración, tecnología y rentabilidad.

¿Por qué algunas empresas prefieren que compremos en lugar de reparar?

Desde una perspectiva comercial, vender un producto nuevo puede generar más ingresos que facilitar la reparación de uno antiguo.

Pero también existen razones técnicas y económicas que pueden hacer que una reparación resulte costosa.

Los dispositivos actuales incorporan componentes cada vez más pequeños, baterías integradas y sistemas electrónicos complejos. Algunas decisiones permiten fabricar equipos más delgados o resistentes al agua, aunque también pueden dificultar su desmontaje.

El problema aparece cuando la reparación resulta innecesariamente complicada o los fabricantes restringen el acceso a repuestos, herramientas e información técnica.

La FTC ha advertido que estas restricciones pueden aumentar los costos para los consumidores y reducir las alternativas disponibles para reparar sus productos.

Por eso, el debate no consiste únicamente en descubrir si una empresa quiere vender más.

La pregunta importante es si los consumidores pueden seguir utilizando y reparando razonablemente los productos que ya compraron.

Europa quiere que los celulares duren más tiempo

La discusión sobre la obsolescencia programada ya está produciendo cambios concretos.

La Unión Europea ha establecido requisitos de diseño y reparación para determinados teléfonos inteligentes y tabletas comercializados en su territorio.

Desde el 20 de junio de 2025 comenzaron a aplicarse normas que incluyen obligaciones relacionadas con la disponibilidad de repuestos, la durabilidad de las baterías y las actualizaciones de software.

Entre las medidas se encuentra la obligación de mantener disponibles determinados repuestos durante al menos siete años después de que el modelo deje de comercializarse.

Además, la legislación europea sobre el derecho a reparar busca facilitar que los consumidores puedan arreglar determinados productos en lugar de reemplazarlos automáticamente.

Estas medidas también pretenden mejorar el acceso a piezas, herramientas e información técnica para los servicios de reparación.

Aunque las normas europeas no se aplican automáticamente en Colombia, podrían influir en el diseño de productos que los fabricantes comercializan internacionalmente.

¿Cómo evitar que un dispositivo termine en la basura antes de tiempo?

No podemos controlar todas las decisiones de los fabricantes, pero sí podemos tomar algunas medidas para aprovechar mejor nuestros dispositivos.

Antes de comprar un celular, computador o electrodoméstico, vale la pena tener en cuenta cinco aspectos:

También conviene desconfiar de la idea de que siempre necesitamos el último modelo.

Un computador de hace cinco años puede seguir siendo perfectamente útil para navegar, trabajar o estudiar si cuenta con un sistema compatible y componentes en buen estado.

De la misma manera, cambiar la batería de un teléfono puede resultar más económico que reemplazarlo completamente.

La clave está en evaluar cada caso y no asumir que un dispositivo antiguo es necesariamente un dispositivo inútil.

Entonces, ¿la obsolescencia programada es un mito o una realidad?

La obsolescencia programada es un fenómeno real, pero también es un concepto que suele utilizarse de manera demasiado amplia.

Existen antecedentes históricos, restricciones de reparación documentadas y casos empresariales que han provocado investigaciones y sanciones.

Sin embargo, no todos los productos que se dañan después de unos años fueron diseñados deliberadamente para fallar.

Las baterías se desgastan, los componentes electrónicos envejecen y las necesidades tecnológicas cambian. La dificultad está en distinguir ese deterioro natural de las decisiones que limitan innecesariamente la duración de un producto.

Quizá la pregunta más útil no sea si todas las empresas fabrican dispositivos para que se dañen, sino por qué seguimos reemplazando tantos aparatos que todavía podrían funcionar.

Porque un celular no debería convertirse en basura simplemente porque su batería perdió capacidad, una aplicación dejó de ser compatible o conseguir un repuesto resulta más complicado que comprar otro.

Y en una época en la que hablamos constantemente de sostenibilidad, inteligencia artificial y nuevas tecnologías, fabricar productos que puedan durar y repararse también debería formar parte de la innovación.

FTC: informe sobre restricciones de reparación, Departamento de Justicia de California: acuerdo con Apple,  y Parlamento Europeo: derecho a reparar .

CATEGORÍAS:

Hardware, Sociedad, Tecnología

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