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El desierto donde el hambre se cura con cuadernos y voluntad
🕒 Lectura estimada: 4 min
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A 1300 kilómetros de Bogotá, donde el mapa de Colombia se afina y el mar Atlántico choca contra el desierto, la realidad es extrema. Es en la Alta Guajira donde el 95% del territorio es arena y olvido. Allí, las estadísticas oficiales dejan de ser fríos números en un censo y cobran el rostro de comunidades enteras que libran una batalla diaria por la supervivencia: familias que viven casi en su totalidad bajo condiciones de pobreza extrema, donde solo el 4% tiene acceso a agua limpia y más del 60% padece de analfabetismo.
Es una crisis humanitaria histórica, se agudizó en la última década por la casi total desaparición de la agricultura y la pesca local. Sin embargo, en medio del paisaje árido de rancherías como Ishashimana y el Valle de Parashi, hay un motor que no se detiene. Ese motor se llama Fundación Dos Peces.
Nació formalmente como iniciativa humanitaria e independiente, a la Fundación Dos Peces la integran exclusivamente personas voluntarias. Lo que comenzó en 2017 como un esfuerzo independiente liderado por el Sargento Viceprimero (RA) Gerson Gelves Jiménez para llevar alimentos básicos, evolucionó hasta convertirse en el programa de proyección social más grande en la historia de su principal aliado académico hasta 2023, la Universidad Militar Nueva Granada (UMNG). Juntos consolidaron la operación Isashii-Palaa —vocablo wayuu que evoca la unión del agua y la tierra donde brota la vida—.
A la fecha este esfuerzo continúa, el impacto acumulado habla por sí solo:
La educación como la única condición
La genialidad de este proyecto no radica solo en mitigar el hambre de hoy, sino en sembrar la autosostenibilidad del mañana. La Fundación Dos Peces opera bajo una premisa fundamental inspirada en Nelson Mandela: «La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo».
Por esta razón, la entrega de mercados y kits escolares tiene un único requisito ético: que los niños, niñas y jóvenes estén formalmente matriculados y asistan a clases. Al amarrar la ayuda humanitaria a la permanencia escolar, la Fundación ha logrado algo sin precedentes en la región: triplicar el número de menores escolarizados en sus zonas de influencia y celebrar, en 2025, la graduación de la primera promoción de bachilleres en la Institución Etnoeducativa de Ishashimana.
Hoy, la escuela primaria del Valle de Parashi avanza en su infraestructura y el primer Aula Virtual en Ishashimana ya conecta a jóvenes indígenas con la educación superior a distancia, permitiéndoles estudiar sin perder su arraigo territorial, sus costumbres, ni su lengua materna. Además, ya se ejecutan proyectos piloto de transferencia tecnológica, como sistemas de fertirriego para cultivos de maíz y fríjol, buscando que las comunidades no dependan eternamente de la asistencia externa.
El llamado: Las próximas vacaciones nos esperan
Cada 70 días, una nueva expedición de camiones y voluntarios desafía las trochas de la Alta Guajira. El reto que viene es inmediato. Bajo el nombre de la campaña «Talatta Navidad» (feliz navidad en Wayunaiki), la Fundación se propone como meta llevar raciones suficientes para que los estudiantes no queden desamparados durante los recesos vacacionales de fin de año.
Esta es una invitación abierta a la sociedad civil, a las empresas y a cada colombiano que se niegue a normalizar la desnutrición infantil. Apoyar es un proceso directo:
La Guajira no necesita lástima; necesita logística, voluntad y coherencia. Es hora de demostrar que el territorio de los wayuus también es Colombia.
james
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